Introducción
Todo acto propiamente humano se ordena a algún bien. Comer nutre el cuerpo. Conversar difunde la verdad. Procrear perpetúa la especie. En términos generales, la consecución de tales bienes perfecciona a la persona humana. Ahora bien, aunque son muchos los bienes del hombre, la búsqueda de los mismos ha de estar ordenada; de lo contrario, el hombre cae fácilmente en el desorden. El principio de ordenación de los actos humanos en la vida cristiana es la caridad, «la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios» (CCE n. 1822). Los actos que se oponen a este orden se denominan pecados. Como todo acto humano, también el acto pecaminoso se realiza en orden a algún bien: la fornicación se realiza en orden al placer; el consumo excesivo de alcohol puede realizarse en orden a fomentar la camaradería. Sin embargo, tales actos se realizan de modo desordenado, en cuanto contravienen el orden establecido por la caridad, ofenden a Dios (CCE n. 1850), lesionan la naturaleza humana y dañan la solidaridad entre los hombres (CCE n. 1849). Esto se manifiesta con especial claridad cuando el hombre utiliza alguna de sus facultades sin atender a su fin propio, es decir, sin respetar el orden según el cual debe ser ejercida. Si bien comer nutre el cuerpo, el consumo de alimentos nocivos perjudica su salud corporal. Conversar difunde la verdad, pero mentir difunde el error y la ignorancia. La procreación perpetúa la especie humana, pero la fornicación lo hace de un modo que descuida a los nuevos miembros, privándolos de aquel cuidado y estabilidad que les son debidos en justicia.
Sin embargo, existen muchas especies de pecado. Así lo pone de manifiesto la definición clásica: «una palabra, un acto o un deseo contrarios a la ley eterna» (CCE n. 1849). {1} Cristo mismo resume concisamente esta definición al mandarnos amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos (cf. Mc 12,30-31; Mt 22,36-40). Así como hay muchas maneras de transgredir la ley o de obrar contra la virtud de la caridad, también hay muchas maneras de pecar. El presente artículo tiene por objeto comprender de dónde proceden estos diversos actos pecaminosos, qué son, cuáles son sus efectos y qué remedio debe aplicárseles.
I. Mal físico y mal moral
El pecado es, ciertamente, un mal; pero es preciso determinar qué especie de mal es. Nadie dudaría, por ejemplo, en llamar mal a una hambruna, pero una hambruna no es pecado. La razón es que una hambruna no es un acto, mientras que el pecado pertenece manifiestamente al orden de los actos humanos. Sin embargo, tampoco puede decirse sin más que todo acto humano desordenado es pecado, pues, en tal caso, quien cojea pecaría al caminar.
Males como las hambrunas y las cojeras reciben el nombre de males «físicos» o «naturales», no porque pertenezcan necesariamente al orden corpóreo o material, sino porque en ellos falta algún bien que les es debido según su naturaleza (physis en griego y natura en latín). Que el hombre no pueda volar constituye, en cierto sentido, una carencia; pero no es ciertamente un mal, porque volar no pertenece a la naturaleza humana. Entristecerse por no poder volar sería pueril. Del mismo modo, no constituye un mal que una piedra carezca de visión. En cambio, sí sería un mal en sentido físico que un ave no pudiera volar o que una niña no pudiera ver. Esto es, pues, lo que se entiende por mal físico: la privación de los bienes exigidos por la posesión de una naturaleza determinada.
¿Qué es, entonces, el mal moral? El mal moral es una especificación del concepto general de mal físico, de tal modo que este se aplica no a cualquier realidad dotada de naturaleza, sino a la voluntad. La voluntad posee, en cierto sentido, una naturaleza: no porque sea una sustancia, sino porque tiene un conjunto de propiedades que le pertenecen y caracterizan sus actos. En el hombre, la voluntad es el apetito racional, y su objeto propio es el bien tal como le es presentado por la razón. Por ello, los diversos actos de la voluntad (elegir, intentar y otros semejantes) se realizan siempre respecto de algún bien aprehendido por la razón. Cuando el hombre juzga que, aquí y ahora, le conviene comer determinado alimento, elige comerlo.
Sin embargo, la voluntad no se inclina hacia los bienes de manera indiscriminada, sino ordenadamente. No elegimos todo aquello que se nos presenta como bueno cada vez que se nos presenta como tal, pues de otro modo permaneceríamos continuamente comiendo helado. Elegimos, más bien, aquellos bienes que se nos muestran convenientes hic et nunc (aquí y ahora) en orden a nuestro bien integral. Por tanto, el acto humano no consiste únicamente en tender a bienes, sino en hacerlo según el orden debido. El modo según el cual procuramos los bienes está regido por una ley que Dios nos ha dado (CCE n. 1849). La ley divina no es una imposición arbitraria destinada a constreñir la conducta humana, sino un don de amor que dirige el obrar humano para que sea verdaderamente bueno para el hombre. Según el salmista, la ley de Dios libera (Sal 119,45), ilumina (Sal 119,98-100) y es deleitable de cumplir (Sal 119,46). En consecuencia, pertenece a la naturaleza de la voluntad obrar conforme a la ley divina, de modo que no hacerlo constituye un mal moral, que introduce desorden en el hombre y ofende a Dios.
II. Acto pecaminoso
Conviene reiterar que, cada vez que una persona humana obra, lo hace en orden a algún bien. En efecto, esto es precisamente lo que significa que algo sea bueno: que sea «digno de elección». Hacer lo que uno juzga malo sería obrar irracionalmente. Incluso cuando hacemos algo que sabemos que es malo, lo elegimos porque hay en ello algo que nos atrae, es decir, porque lo percibimos bajo la razón de bien. Esto se advierte con mayor claridad en las acciones buenas. Comemos para nutrirnos, disfrutar de la compañía de otros y experimentar el placer de saborear un buen alimento. Practicamos deportes para ejercitar el cuerpo, divertirnos con nuestros amigos y tratar de ganar. Sin embargo, cuando pecamos, buscamos un bien de manera desordenada. Fornicar, por ejemplo, es buscar el placer, pero de un modo que no respeta los dictámenes de la perfección virtuosa de la naturaleza humana. La fornicación es, cuando menos, gravemente irresponsable, pues, por placentera que pueda resultar, implica un acto sexual moralmente inconveniente, al que se añade la posibilidad de que nazca un hijo en circunstancias injustas.
Este breve análisis plantea una cuestión que requiere alguna explicación adicional: la riqueza de la vida interior del ser humano. Los motivos de nuestras acciones son siempre más profundos de lo que aparece en la superficie. Una joven puede elegir escuchar una canción de cierta boy band no tanto por la calidad de su música, sino por el sentimiento de compañerismo que comparte con sus amigas, a quienes también les gusta ese grupo, o por la sensación de cercanía respecto del cantante principal, de quien está enamorada. Si las elecciones humanas fueran más superficiales, la mayoría de nosotros buscaría en internet toda la música que pudiera encontrar y escucharía tanta como fuese posible, a fin de determinar sus gustos musicales y fundar sus elecciones únicamente en el juicio acerca de la calidad de la música de que se trate. Sin embargo, sucede más bien que, cuando pregunto a alguien por qué hace determinada cosa, siempre hay una respuesta que se encuentra, por así decirlo, bajo la superficie. ¿Por qué te levantaste esta mañana? Para ir a trabajar. ¿Por qué vas a trabajar? Para ganar dinero. ¿Por qué quieres ganar dinero? Para mantener a mi familia. ¿Por qué quieres mantener a tu familia? Para ser un buen padre.
Este tipo de examen podría aplicarse a cualquier acción y daría lugar a una serie aparentemente interminable de respuestas. Sin embargo, si se prolonga suficientemente la indagación, se llega finalmente a una sola realidad, a una única razón —denominada «fin último»— por la cual la persona hace todo cuanto hace.{2} Para el cristiano, esta razón fundamental es el amor de Dios, es decir, la caridad, entendida propiamente como amistad con Dios,{3} sin la cual no podemos realizar bien alguno.{4} No obstante, una persona puede establecer como fin último algo distinto de Dios. En ocasiones, se trata de algo verdaderamente bueno, aunque inferior al summum bonum (el bien supremo), como el bien común de la propia sociedad. En otros casos, se trata de algo malo, como el dinero. El dinero, ciertamente, no es malo en sí mismo, pero es malo convertirlo en el principio que ordena la propia vida. La razón es que el hombre es una criatura espiritual, para quien las únicas realidades verdaderamente buenas —la amistad, la verdad y, de modo ideal, el amor de Dios— son también espirituales. Los bienes materiales, como el alimento y el dinero, son útiles para el hombre, pero constituirlos en fin último, en torno al cual se ordena la propia vida, tiende a desordenarlo. Piénsese en un hombre que vive para el dinero. Este amor al dinero afectará todas sus relaciones, sus negocios, su vida familiar y los demás ámbitos de su existencia. Si el dinero es verdaderamente aquello para lo cual vive, no tendrá amigos en sentido propio, sino personas a las que intenta explotar para obtener dinero. Ordenar la propia vida en torno al dinero priva, por tanto, de aquello que es verdaderamente bueno en la existencia. Es mejor proponerse como fin último un bien espiritual; pero nada inferior a Dios satisfará verdaderamente al hombre, porque todo bien inferior a Dios mismo es finito y, tarde o temprano, sus riquezas terminan por agotarse.
III. Pecado original
El pecado es misterioso. Cuando pecamos, hacemos algo que sabemos que está mal. ¿Por qué obramos así? Las causas próximas son fáciles de identificar: las tentaciones, las pasiones desordenadas y los malos ejemplos de conducta. Pero ¿por qué existen estas realidades? La respuesta última se encuentra en el pecado original. El pecado original no es un pecado personal, expresión que designa los actos de una persona individual. Más comúnmente, «pecado original» designa el estado en que nace toda la humanidad en el orden actual de las cosas: privada de la inocencia original y de la justicia original, herida, desordenada e inclinada al pecado. La expresión designa también el acto pecaminoso originario, es decir, la caída de Adán y Eva, por la cual llegamos a existir en tal estado.
Si el pecado es misterioso, la caída de Adán y Eva lo es todavía más, puesto que fueron creados en un estado de rectitud. La Escritura enseña claramente que todo cuanto Dios creó fue creado bueno. No podía ser de otro modo. Dios es la fuente de todo ser y de toda bondad. Afirmar que Dios creó una criatura mala equivaldría a afirmar que creó algo privado de alguna perfección que le era debida según su naturaleza. Esto convertiría a Dios en un artífice deficiente o malicioso. Dios no puede errar al crear, así como el fuego no puede enfriar una habitación. Adán y Eva, los primeros seres humanos, eran, por tanto, buenos; es decir, eran moralmente rectos.
La Escritura nos ofrece más detalles acerca de la condición en que se encontraban Adán y Eva. Los capítulos segundo y tercero del Génesis nos permiten conocer cómo era su vida. Estaban desnudos y no sentían vergüenza, lo cual significa que no se veían perturbados por pasiones desordenadas, como nos sucede a nosotros. Eran también inmortales, como se desprende del hecho de que la muerte constituyera un castigo por su pecado. Su vida estaba exenta de fatiga y dolor. Poseían, además, una relación particular con Dios, quien caminaba con ellos por el jardín. Santo Tomás explica que estas características de su condición se debían a su relación con Dios. Aunque no eran defectuosos, eran, como todas las criaturas, incompletos.
Santo Tomás emplea una metáfora adecuada para describir cuál habría sido la condición del hombre si hubiese sido creado sin estos dones. Aunque el vidrio es un material más noble que el hierro, un buen carpintero elige fabricar una sierra de hierro y no de vidrio, porque el hierro es más apto para cortar madera.{5} Sin embargo, prolongando la metáfora tomasiana, el hierro se oxida. El carpintero elige fabricar una sierra de hierro no por su tendencia a oxidarse, sino a pesar de ella. Por ello, un buen carpintero escogerá el hierro para fabricar la sierra y, después, cuidará el hierro para impedir que se oxide.
Dios obra de manera semejante con nuestros cuerpos: los forma a partir de una materia apta para ser informada por un alma racional, a pesar de las limitaciones propias de esa materia. Como un buen carpintero, Dios suplió en Adán y Eva las deficiencias de su constitución natural mediante dones preternaturales («praeter» significa «más allá de» o «fuera de»), cada uno de los cuales explica alguna de las características singulares del hombre anterior a la caída. Así, el hombre en el jardín era inmortal e impasible: no habría de morir por causas naturales ni padecía enfermedades o pasiones desordenadas (véase CCE nn. 396-401).
Estos dones no le eran debidos al hombre ni forman parte de la naturaleza humana. Son añadidos a esta para suplir sus deficiencias naturales. Además, Dios los concedió gratuitamente, en consonancia con la amistad que mantenía con Adán y Eva. Estos se beneficiaban de tales dones en virtud de su relación con Dios; pero, al pecar, quebrantaron esa relación y, por consiguiente, los perdieron. Privados de ellos, no solo quedaron sometidos a las deficiencias propias de su naturaleza, sino que incurrieron también en la culpa correspondiente a la comisión del primer pecado.
Adán y Eva fueron nuestros primeros padres; en cuanto tales, habían sido agraciados con una dotación —los dones preternaturales— que podría haberse transmitido a todas las generaciones posteriores. Pero, al perder esos dones, ellos, por ser los primeros seres humanos, privaron de ellos a toda la humanidad. A la mentalidad moderna, esto puede parecerle injusto. ¿Por qué hemos de sufrir todos por un pecado que no cometimos? Tal perspectiva pasa por alto la solidaridad que vincula entre sí a los miembros de la familia humana. (Esto se expresa de manera particularmente incisiva en Deuteronomio 5,9, donde se afirma que, cuando peca un miembro de la familia humana, otros padecen las consecuencias.) Los hijos nacen en un estado de dependencia extrema. De sus padres y de quienes los rodean reciben no solo alimento y vestido, sino también el lenguaje y la cultura. Dios deposita una confianza inmensa en toda la familia humana —y especialmente en los padres— al poner el bienestar de unos en manos de otros. El aspecto positivo de esta realidad es que todos estamos vinculados entre nosotros en lo que respecta a nuestra salvación (véase Lumen gentium 9); pero el reverso de esta solidaridad consiste en que, cuando tal responsabilidad no se ejerce debidamente y quienes tienen a otros a su cargo incumplen sus deberes, otras personas sufren. Así acontece, conforme al curso natural de las cosas, que un padre que dilapida su dinero deja a sus hijos sin herencia, o que una mujer que consume alcohol en exceso durante el embarazo provoca en su hijo el síndrome alcohólico fetal. En cuanto padres de todo el género humano, Adán y Eva eran responsables de transmitir todo aquello que los padres ordinariamente transmiten a sus hijos. En su caso, sin embargo, su responsabilidad comprendía también su amistad con Dios y los dones preternaturales que la acompañaban. Perder la gracia de Dios significó perder tales dones, no solo para sí mismos, sino para todo el género humano.
Como consecuencia del pecado de Adán y Eva, los hijos de los hombres nacen privados de la inocencia original, pérdida que hace que todos experimenten la concupiscencia, la ignorancia y la malicia.{6} La concupiscencia es la propensión a experimentar deseos desordenados. Constituye una causa frecuente de pecado: muchas veces nos sentimos inclinados a hacer algo que sabemos que no debemos hacer, pero el deseo de realizarlo hace que se nos presente como bueno. Como consecuencia de ello, ignoramos qué es verdaderamente bueno para nosotros: nuestras pasiones desordenadas oscurecen el entendimiento y dificultan el conocimiento de lo que debemos hacer. Obrar bajo tal ignorancia y realizar actos pecaminosos habitúa a la voluntad a apartarse de lo que verdaderamente constituye nuestro bien y a inclinarse hacia otras cosas. Esta habituación recibe el nombre de malicia.
Así se comprende fácilmente cómo peca el hombre en semejante estado. Considerado en sí mismo, el pecado parece irracional, absurdo y francamente insensato. Pero, si se tienen en cuenta las pasiones desordenadas que caracterizan la existencia humana posterior a la caída, la frecuencia del pecado se vuelve más comprensible. Lo que sigue sin resultar claro, sin embargo, es cómo pudieron pecar Adán y Eva, aun sin padecer tal desorden. La respuesta fundamental es que fueron tentados por el diablo. El diablo los tentó, y puede tentarnos también a nosotros, no manipulando nuestra mente, sino sugiriendo a nuestros sentidos que algo parece mejor de lo que realmente es, o que es bueno bajo un aspecto en el que no lo es. Al seguir la sugestión del diablo en lugar de su propio juicio recto, Adán y Eva cometieron el primer pecado. Después de perder para sí mismos y para nosotros los dones preternaturales, nos dejaron también un mal ejemplo. De estas consideraciones se derivan las tres fuentes tradicionales del pecado: el diablo, mediante la tentación; la sociedad, mediante el ejemplo; y el propio sujeto, mediante la concupiscencia.
IV. Pecado mortal
El pecado mortal es, en el sentido más propio, aquello que constituye el pecado. El pecado original y el pecado venial son pecado únicamente en sentidos cualificados. La definición clásica del pecado como palabra, acto u obra contrario a la ley divina describe, sin más, lo que es el pecado mortal. La mejor manera de comprender el pecado mortal consiste en considerarlo desde la relación que rompe. Quien posee la virtud de la caridad se encuentra en estado de amistad con Dios; esto es precisamente lo que significa poseer la caridad: amar a Dios sobre todas las cosas y amar todas las demás cosas en Dios. El pecado mortal es aquel que destruye esta amistad; es un acto por el cual la persona deja de estar en amistad con Dios.
El pecado mortal es, por tanto, análogo a otros actos capaces de destruir otras clases de relaciones. El adulterio destruye el matrimonio. Después de semejante acto, los esposos no pueden sencillamente continuar viviendo como marido y mujer; antes debe sanar la herida causada por la infidelidad. Después de un acto de traición, ya no se puede confiar en que un soldado combata por su patria. Deberá someterse a actos de reparación que demuestren a sus superiores y compañeros que vuelve a ser digno de confianza. La misma dinámica se da en la relación del cristiano con Dios. El pecado mortal destruye la amistad con Él, y para restaurarla es necesario arrepentirse del pecado cometido.
La pregunta es: ¿qué clase de acto destruye la amistad con Dios? La tradición católica ha agrupado tales actos bajo la categoría de los pecados cuya materia es «grave». Además, para que un pecado sea mortal, debe cometerse con pleno conocimiento y deliberado consentimiento (CCE n. 1859). Es decir, quien comete un pecado objetivamente grave sin conocer su gravedad, o bajo coacción, no obra de modo propiamente voluntario y, por ello, no comete pecado mortal. A continuación, se examinarán estos tres criterios: la gravedad, el conocimiento y el consentimiento.
Gravedad
La primera característica del pecado mortal es que se trata de un pecado grave, es decir, que versa sobre una materia seria.{7} La materia es aquello sobre lo que recae el pecado. El hurto consiste en tomar algo que no pertenece a quien lo toma, y el valor de lo sustraído guarda proporción directa con la gravedad de la materia de ese pecado. Se denominan pecados serios aquellos cuya materia es grave. Tomando como fundamento la gravedad de la materia, los pecados pueden agruparse en tres categorías.{8}
Algunos pecados comportan siempre materia grave y se denominan malum ex toto genere suo (malos en toda su especie). Otros se denominan malum ex genere suo (malos por su especie). La diferencia entre ambas categorías radica en que los segundos admiten grados, mientras que los primeros no. Un pecado como el hurto, por ejemplo, puede ser más o menos grave según qué se haya sustraído, en qué cantidad y a quién. Hurtar dos centavos a un hombre rico constituye un pecado mucho más leve que sustraer cien dólares a un hombre pobre. La gravedad de los pecados que son malum ex genere suo puede disminuir hasta el punto de que dejen de ser graves y se conviertan en leves, por lo que resultan veniales y no mortales, aun cuando se cometan deliberadamente. Otros pecados, en cambio, no admiten materia leve; esto significa que no pueden cometerse de manera que no constituyan una ofensa grave contra Dios. Siempre que se realizan con conocimiento y consentimiento, son pecados mortales. Tal es el caso del homicidio: no es posible cometer un «homicidio leve». Finalmente, existen pecados que son veniale ex genere suo (veniales por su especie) y que, por su propia naturaleza, nunca son graves y, por tanto, son siempre veniales. Un buen ejemplo es la impaciencia, que puede llevar a cometer pecados graves, pero que, en sí misma, consiste únicamente en tratar a alguien con menor afabilidad de la debida. No vulnera los derechos de esa persona, pero no alcanza la perfección de conducta que sería deseable.
¿Cómo puede determinarse a cuál de estas categorías pertenece un pecado? Existen varios criterios. El primer paso consiste en establecer si el pecado admite materia grave. Una manera de hacerlo es considerarlo a la luz de la virtud de la caridad, que se refiere al amor de Dios y al amor del prójimo. Todo aquello que se oponga directamente al amor de Dios mismo, como la blasfemia o el sacrilegio, constituye pecado grave. De igual modo, es grave todo pecado directamente contrario al amor debido al prójimo mismo, como el homicidio, o contrario a la conservación y al orden de la sociedad, como el adulterio. En relación con lo anterior, otro modo de determinar si un pecado es grave consiste en confrontarlo con los preceptos primarios de la ley natural. Estos preceptos se refieren a aquello que es esencialmente bueno para el hombre, de modo que contravenirlos constituye un mal grave. Así, según la ley natural, el hombre debe proteger y conservar su propia vida, por lo que el suicidio es pecado grave. Asimismo, según la ley natural, el hombre debe promover el bien de la sociedad, de donde se sigue que el hurto constituye pecado grave. Otro modo de reconocer que un pecado es grave consiste en recurrir a la Sagrada Escritura, que en ocasiones califica ciertos pecados de abominaciones o afirma que excluyen del Reino de los cielos. Un ejemplo esclarecedor se encuentra en Gálatas 5,19-21. Finalmente, la tradición de la Iglesia identifica también determinados pecados como graves, ya sea mediante un decreto del papa o de un concilio ecuménico, ya sea mediante la enseñanza unánime de los Padres y Doctores. Este sería el caso, por ejemplo, de la transgresión de un ayuno.
Una vez establecido que un pecado admite materia grave, la cuestión siguiente consiste en determinar si puede admitir materia leve. Los pecados que son malum ex toto genere suo no la admiten. El modo más sencillo de discernir si un pecado grave pertenece a esta categoría es atender a la divisibilidad de su materia. Es imposible cometer la mitad de un pecado de blasfemia, la cuarta parte de un homicidio o una pequeña porción de idolatría. Tales pecados, por consiguiente, no admiten parvedad de materia; es decir, no son pecados graves que puedan convertirse en leves en razón de su materia. La materia de otros pecados graves, en cambio, sí admite semejante divisibilidad. Dos ejemplos claros son el hurto y la mentira. La gravedad del pecado de hurto guarda relación con la cantidad sustraída. La gravedad del pecado de mentira depende de la materia acerca de la cual se miente. El mal del hurto se funda en la función de la propiedad, que está ordenada al sostenimiento de la vida de la persona. Para que una sociedad esté bien ordenada y pueda prosperar, sus miembros deben guardar cierto respeto por la propiedad ajena. Algunos actos de sustracción, sin embargo, apenas alteran el entramado de la sociedad ni perjudican a la persona a quien se le quita algo. Así, por ejemplo, si un hombre necesitara anotar algo, tomara un bolígrafo del escritorio de un amigo y no lo devolviera, en la mayoría de las circunstancias esto no ocasionaría daño alguno al amigo. No obstante, tal acción no es la ideal, pues no se conforma debidamente con el respeto general que debe guardarse por la propiedad ajena. Además, si se realiza con excesiva desconsideración por los bienes de los demás, puede conducir a actos de hurto más graves. Pero esta acción, considerada en sí misma, no causa perjuicio a la persona afectada y, por ello, no constituye propiamente un acto de hurto ni, por tanto, un pecado en sentido absoluto. De ahí que el hurto de una cantidad ínfima sea venial por parvedad de materia.
Algo semejante sucede con el pecado de mentira. Puede mentirse acerca de asuntos importantes, como los relativos a las verdades de la religión, o acerca de cuestiones relevantes para la ordenación de la propia vida en sociedad. El mal de la mentira consiste, evidentemente, en su propensión a engañar. Por ello, realizar un acto intrínsecamente engañoso acerca de una materia de tal importancia constituiría un pecado grave. Sin embargo, también puede mentirse acerca de asuntos intrascendentes. Tal sería el caso de un tío que dijera falsamente a su sobrina que lleva una mancha en la blusa, para hacerle creer que, pese a las advertencias de su madre, ha derramado algo sobre la ropa, hasta que ella descubre, con alivio y alegría, que ha logrado mantener limpio su atuendo. Nadie calificaría semejante acción de maliciosa, y ciertamente no constituye pecado mortal. Con todo, debemos tener en gran estima nuestra capacidad de comunicación. El hombre, a diferencia de los animales, no solo puede comunicar sus sentimientos, sino también comunicar la verdad. Esta capacidad es la que hace posible la existencia de toda institución propiamente humana: la educación, el gobierno, las artes y las demás. En consecuencia, una mentira de esta índole, tradicionalmente denominada «mentira jocosa», aunque carezca por completo de malicia, es pecado venial. Sin embargo, debido a la elevada consideración que debemos tener por nuestra capacidad de comunicarnos mutuamente la verdad, tal conducta debe evitarse, pues manifiesta una estima insuficiente de la verdad y puede conducir a pecados más graves.
Finalmente, existen pecados que son siempre leves, puesto que, por su propia naturaleza, no comportan desorden grave alguno. Estos pecados se dividen en dos categorías: los relacionados con las virtudes de la templanza y la fortaleza (que regulan las pasiones), y los relacionados con la virtud de la justicia (que se refiere a la relación con los demás). Se dice que tales pecados no son tanto contrarios a estas virtudes cuanto discordantes con ellas. Por ejemplo, los pecados pertenecientes a la primera categoría (vinculados con la templanza y la fortaleza) son contrarios al bien propio del sujeto. Si alguien come demasiado en una comida —no hasta el punto de perjudicar su salud, pero sí más de lo que ordinariamente debería—, tal acto no sería en sí mismo un acto de intemperancia, aunque tampoco se conformaría plenamente con la naturaleza de la templanza. La persona no se habría causado daño, pero tampoco habría obrado de modo que hiciera un uso recto del alimento como realidad destinada a la nutrición. En cuanto a la justicia, todo acto que fuese contrario a ella (es decir, que vulnerase los derechos de otra persona) ciertamente no podría considerarse pecado venial per se. Pero si una persona se impacienta con otra, resulta fácil advertir que esa pasión es indeseable y debe ser reprimida o evitada. Sin embargo, también es fácil reconocer que el mero hecho de sentir impaciencia hacia alguien no vulnera sus derechos. Por consiguiente, la impaciencia puede denominarse venial per se, puesto que no se opone directamente a la virtud de la justicia, aunque tampoco toma plenamente en consideración el respeto que una persona debe a otra. Además, dado que puede conducir fácilmente a actos más graves, debe evitarse.
Conocimiento
Lo primero que dice un niño pequeño cuando se le reprende por haber obrado mal es: «No sabía que no podía hacerlo». En el lenguaje de la casuística, que los niños adoptan implícitamente con sorprendente rapidez, esto constituye una apelación a la ignorancia. Si el acto propiamente humano es aquel que se realiza voluntariamente, y si la voluntad es el apetito racional que tiende hacia aquello que el entendimiento aprehende como bueno, entonces la ignorancia acerca de lo que es bueno hace que el acto no sea propiamente voluntario y, por tanto, tampoco propiamente humano. Ahora bien, un acto que no es propiamente humano no puede constituir pecado. De este modo, si una persona ignora verdaderamente el mal del acto que realiza, es moralmente inocente respecto de dicho acto, por grave que sea el mal causado por él.
Por esta razón, el segundo requisito para que un pecado sea considerado mortal es que se cometa con «pleno conocimiento» (CCE n. 1859). Esta expresión puede entenderse fácilmente de manera errónea. No significa que la persona deba poseer un conocimiento perfecto de la ley moral y de todas sus aplicaciones, ni una comprensión perfecta de la naturaleza del pecado mortal y de cómo este destruye la ordenación de la persona hacia Dios como fin último. Significa sencillamente que la persona conoce todo aquello que necesita conocer para realizar un acto voluntario. En el caso del pecado, este conocimiento se refiere a dos cosas: qué clases de actos están prohibidos por la ley y si el acto concreto que se realiza pertenece a una de ellas. En la actualidad, la ignorancia de la ley puede darse con mayor frecuencia entre quienes no han recibido una formación suficiente acerca de sus exigencias, o entre aquellos cuya asimilación de las normas de la cultura circundante ha deformado su comprensión de la ley. Por ejemplo, quien nunca hubiera sido informado de que la ley eclesiástica obliga a ayunar el Viernes Santo no sería culpable de quebrantar dicho ayuno. Del mismo modo, quien confundiera la exhortación cultural a ser tolerante con los demás con el mandato del Señor de amar al prójimo como a uno mismo podría quedar excusado por pensar que el Evangelio exige únicamente compasión hacia los pecadores y no también su corrección.
La segunda clase de conocimiento se refiere a aquello de lo que una persona es consciente en un momento determinado. La percepción puede verse oscurecida a menudo por diversas causas. La más frecuente son las emociones o, según la terminología tradicional, las pasiones. Así, por ejemplo, quien se encuentra dominado por un arrebato de ira puede decir precipitadamente cosas que no habría dicho si hubiese estado más sereno. De ahí que, después de una discusión, sea habitual disculparse diciendo: «No quise decir eso; estaba enojado». En suma, las pasiones pueden deformar la percepción de la realidad de tal modo que, aunque la persona sepa en general que determinada acción no debe realizarse, en ese momento la acción prohibida puede parecerle atractiva. Según la intensidad de la causa que oscurece el entendimiento, esta ofuscación puede disminuir el carácter voluntario del acto y, por consiguiente, reducir su cualidad moral: hace que los actos meritorios sean menos meritorios y que los pecados sean menos graves.
Para que un pecado sea mortal, debe haber plena advertencia. Esto significa que quien lo comete debe ser consciente de que se trata de un pecado grave y debe hallarse en posesión de sus facultades racionales en el momento de realizarlo. Si no se encuentra en posesión de ellas, no debe ser responsable de haberlas perdido. Así, por ejemplo, quien se embriaga deliberadamente es responsable de lo que hace en estado de embriaguez, aunque, estando sobrio, no hubiese obrado del mismo modo. La plena advertencia, sin embargo, no exige una conciencia completa y exhaustiva del mal del acto. Si un hombre mata a otro, para que exista plena advertencia basta con que sepa que matar es gravemente malo y que sea consciente de que el acto que está realizando consiste en matar y es, por tanto, gravemente malo.
En la práctica, ciertamente puede resultar difícil determinar si se ha cumplido el requisito de la plena advertencia. El consejo general de los confesores de la tradición católica sostiene que, si una persona parece escrupulosa en evitar el pecado,{9} teme cometerlo y, por lo común, procura evitar tanto aquello que podría oscurecer su entendimiento como las ocasiones próximas de pecado, entonces, cuando exista duda acerca de si cometió un pecado con plena advertencia, puede presumirse en general que no fue así. Si, por el contrario, una persona se muestra laxa, no manifiesta preocupación por transgredir la ley ni procura evitar las ocasiones próximas de pecado, en los casos dudosos puede presumirse que sí concurrió la plena advertencia.
Existen ciertos indicios que pueden sugerir la falta de plena advertencia. Si una persona, por ejemplo, se encuentra somnolienta o medio dormida cuando comete determinado pecado, puede presumirse que no obró con plena advertencia. Lo mismo se aplica a quien está ebrio, siempre que su embriaguez no haya sido deliberada, como cuando alguien bebe ponche adulterado con alcohol sin advertir su graduación. Si una persona se halla bajo el influjo de una pasión vehemente —por ejemplo, cuando una noticia la provoca a ira y no es culpable de haber entrado en tal estado—, puede presumirse que los pecados cometidos en esas condiciones no se realizaron con plena advertencia. Lo mismo valdría respecto de quien padece una patología emocional, como la ansiedad crónica, sobre la cual ejerce un control limitado. Otro indicio de que un pecado se cometió sin plena advertencia es la firme convicción posterior de que, si la persona hubiese reflexionado con mayor cuidado, no lo habría cometido.
Consentimiento
El consentimiento es la contrapartida afectiva del conocimiento. En último término, un pecado no puede ser pecado si no constituye un acto humano voluntario. Puesto que la voluntad es el apetito racional, la persona debe conocer primero que aquello que realiza es malo para poder elegir algo malo. Un conocimiento imperfecto da lugar a un consentimiento imperfecto. Sin embargo, aun cuando exista conocimiento perfecto, pueden presentarse impedimentos que priven a la voluntad de la capacidad de realizar libremente un acto. Cuando hay pleno conocimiento, pero la voluntad se encuentra impedida para obrar con libertad, el consentimiento que pudiera darse al pecado es imperfecto y, por consiguiente, dicho pecado no se comete mortalmente.
El consentimiento puede resultar imperfecto por causas externas o internas. Se da una causa externa de consentimiento imperfecto cuando una persona o una realidad coacciona al agente hasta hacerle imposible una elección libre. Tal sería el caso, por ejemplo, de un conductor detenido ante un semáforo en rojo cuando alguien irrumpe en su automóvil, le apunta con un arma a la nuca y le ordena conducir. El conductor desconoce las intenciones del agresor —¿huye después de cometer un delito o persigue a alguien para perpetrarlo? Por ello, el acto de conducir en favor del agresor no puede considerarse perfectamente voluntario. Sea cual fuere el pecado cometido por el hombre armado, el conductor no es culpable de él.
También pueden existir causas internas que hagan imperfectamente voluntario el consentimiento. Esto ocurre cuando una persona no puede ejercer su voluntad debido a una pasión desordenada. Debe advertirse, sin embargo, que, puesto que todas las pasiones afectan en alguna medida la capacidad de pensar y elegir, el mero hecho de que una pasión desordenada dificulte evitar un pecado no basta para hacer involuntario el consentimiento. Es necesario, más bien, que la pasión haga imposible a la persona elegir libremente y que esta no sea responsable del surgimiento de dicha pasión. No obstante, realidades como una conmoción, hábitos latentes de los cuales la persona se ha arrepentido y que ha procurado vencer, la somnolencia o el aturdimiento (por ejemplo, a causa de un medicamento) y otras semejantes pueden volver imperfecto el consentimiento prestado a un acto.{10}
Como sucede con el conocimiento, la distinción entre consentimiento perfecto e imperfecto es fácil de explicar en el plano teórico, pero resulta prácticamente imposible determinar en casos concretos si se ha otorgado o no pleno consentimiento al pecado. Entre los indicios de que el consentimiento pudo haber sido imperfecto se encuentran los siguientes. Si una persona teme habitualmente cometer pecados mortales y se esfuerza por evitar sus ocasiones próximas, puede presumirse en general que, en caso de duda, no prestó pleno consentimiento al pecado. Asimismo, si experimenta el deseo de cometer un pecado, pero consigue contener sus actos externos y no ceder plenamente a ese deseo, no ha consentido por completo. De modo semejante, quien experimenta una tentación, se entristece por ella y se esfuerza por superarla probablemente no ha prestado pleno consentimiento. Finalmente, si una persona aturdida o que no se encuentra en pleno uso de sus facultades comete un pecado y, posteriormente, ya con lucidez, tiene la firme convicción de que no lo habría cometido de haber estado en mejores condiciones mentales, puede presumirse que no prestó pleno consentimiento. Por el contrario, como en el caso del conocimiento, si una persona es habitualmente laxa y no procura evitar las ocasiones próximas de pecado, en los casos dudosos debe presumirse que prestó pleno consentimiento a los pecados de que se trate.
V. Pecado venial
Los pecados que no reúnen las tres condiciones expuestas anteriormente (es decir, aquellos en los que falta cualquiera de esos tres requisitos) se consideran veniales. Este término procede del latín venialis, que significa «perdonable». La razón de esta denominación es que quien comete un pecado venial puede obtener su perdón con solo pedírselo a Dios.{11} En lo que respecta al sacramento de la confesión, los pecados veniales pueden confesarse, pero no es necesario hacerlo. En parte, esto se debe a que sería prácticamente imposible confesar todos los pecados veniales que uno recuerda haber cometido. Incluso el justo peca siete veces al día (Prov 24,16). La razón teológica por la que no es necesario confesar los pecados veniales es que estos no destruyen la virtud teologal de la caridad, cuya restauración constituye la finalidad del sacramento de la confesión. El pecado venial, por tanto, en cuanto no alcanza la ratio de pecado, no es, hablando con propiedad, pecado. Entonces, ¿qué es? ¿Por qué existe esta categoría? ¿Cómo debe entenderse?
Conviene señalar desde el principio que la distinción entre pecado mortal y pecado venial tiene fundamento tanto en la Escritura como en la razón. En primer lugar, la Escritura manifiesta claramente que algunos pecados son más graves que otros, como cuando el Señor reprocha a los fariseos que «cuelan el mosquito y se tragan el camello» (Mt 23,24), o cuando compara la mota y la viga que pueden encontrarse en el ojo de una persona (Lc 6,42). Ahora bien, aunque algunos pecados pueden ciertamente ser mayores que otros, queda por determinar si existe una diferencia cualitativa entre los pecados leves y los graves, o si hay únicamente una gradación continua desde un mal menor hasta uno mayor. Algunos pasajes de la Escritura dan a entender que ciertos pecados difieren de otros por especie y no solo por grado. Qohelet indica que «No hay nadie tan honrado en la tierra que haga el bien sin nunca pecar» (Ecl 7,20), y el libro de los Proverbios enseña que incluso el justo «cae siete veces al día» (Prov 24,16). Si la justicia es incompatible con el estado de pecado, ¿cómo puede un hombre ser a la vez justo y pecador? La respuesta es que los pecados de que se trata no son mortales, pues un hombre justo puede cometer pecados veniales y, no obstante, permanecer justo.{12} Finalmente, debe observarse que los moralistas católicos han reconocido tradicionalmente la distinción entre pecados mortales y veniales en 1 Jn 5,16-17,{13} donde san Juan afirma que existe un pecado que es de muerte y otro que no es de muerte.
Esta distinción no solo está presente en la Escritura, sino que también resulta racionalmente inteligible. Un ejemplo esclarecedor (tomado de ST I-II, q. 88, a. 1) procede de nuestra propia vida corporal. La caridad es el principio de nuestra vida como cristianos. Los pecados veniales perjudican ese principio, mientras que los pecados mortales le causan la muerte. En la vida corporal, la salud es el principio de nuestras operaciones vitales y la enfermedad la menoscaba. Así como existe una diferencia entre la enfermedad y la muerte, o entre un alimento nocivo que perjudica la salud y un veneno que la destruye, así también existe una diferencia entre los actos que pueden dañar nuestra relación sobrenatural con Dios y aquellos que pueden destruirla. Esta distinción se comprende también a la luz de la naturaleza de la caridad, que es amistad. En las amistades humanas, algunos actos pueden destruir una amistad, como la traición, mientras que otros la dañan sin destruirla, como contar una anécdota vergonzosa acerca de un amigo. Análogamente, esta consideración puede aplicarse a la caridad con Dios: existen actos, como la blasfemia, que son sencillamente incompatibles con la amistad divina, y otros que desagradan a Dios, pero no destruyen nuestra relación con Él. Además, aunque podemos recobrar por nosotros mismos la salud después de una enfermedad, no podemos devolvernos la vida después de la muerte. Podemos pedir en la oración el perdón de nuestros pecados veniales, pero no podemos restablecernos en la amistad con Dios mediante nuestras propias fuerzas. Esto requiere la iniciativa divina y se realiza ordinariamente por medio del sacramento de la confesión.
Aunque los pecados veniales no destruyen la relación que se tiene con Dios, deben evitarse, del mismo modo que debe evitarse dañar una amistad humana. Quien realiza actos que perjudican una amistad sin destruirla acabará por verla destruida. Esta es la razón principal para evitar los pecados veniales: conducen a los pecados mortales. El hombre es, en efecto, una criatura de hábitos. Obrar conforme a una inclinación desordenada hacia un bien mutable dispone a obrar nuevamente del mismo modo. Por ello, aunque debe evitarse la escrupulosidad, tampoco debe adoptarse una actitud excesivamente despreocupada ante los pecados veniales, pues de otro modo resulta fácil acabar cometiendo pecados mortales. Además, siguiendo la analogía anterior con la salud, los pecados veniales son nocivos para la vida espiritual. Esto significa que obstaculizan tanto el ejercicio de la caridad como el que la gracia de Dios produzca plenamente su efecto. Así como un enfermo no puede realizar una actividad atlética tan bien como una persona sana, tampoco quien tiene el alma afectada por las consecuencias del pecado venial puede realizar un acto de caridad con el mismo fervor que aquel cuya alma no padece tales efectos. La vida espiritual se asemeja a la vida biológica en que no permanece inmóvil: o crece o muere. Por ello, es preciso procurar siempre cuanto favorezca su crecimiento. Finalmente, aunque el pecado venial no merezca la pena de muerte eterna, sí comporta pena temporal y afecta al alma con cierto grado de desorden. Quien muere con muchos pecados veniales en el corazón deberá sufrir más en el Purgatorio que quien no se encuentra en esa condición. En suma, aunque no sean mortales, los pecados veniales debe evitarse en la medida de lo posible.
VI. Causas del pecado
Si se quiere evitar el pecado, lo más útil es conocer sus causas. Estas pueden dividirse en dos categorías: interiores y exteriores. Las causas interiores del pecado son las facultades del alma implicadas en el acto pecaminoso: el entendimiento, la voluntad y las potencias mediante las cuales imaginamos y experimentamos las pasiones.{14} Las causas exteriores del pecado son el diablo y sus demonios, el mundo y, por amplia que sea esta categoría, cualquier bien exterior. Naturalmente, Dios no se incluye entre las causas del pecado. Aunque Dios es causa de todas las cosas, las causa a todas únicamente en cuanto tienen ser, lo cual equivale a decir: en cuanto son buenas. El pecado es un acto caracterizado por cierta privación. Dios permite esta privación, pero no la causa.
En cuanto al diablo y a la tentación demoníaca, es importante señalar los límites de lo que pueden hacer los espíritus malignos. El diablo no es causa directa ni suficiente del pecado; también debe intervenir la voluntad humana. Puesto que el entendimiento y la voluntad son facultades espirituales, ningún ente creado puede obrar directamente sobre ellas. Por consiguiente, el diablo no puede hacer que alguien juzgue bueno lo que no lo es, ni puede inclinar directamente su voluntad hacia cosa alguna. Lo único que el diablo puede hacer es proponer o sugerir algo al apetito sensitivo o a la imaginación, los cuales, por ser materiales, pueden recibir el influjo de otros agentes. De este modo, puede hacer que un objeto percibido aparezca como bueno; es decir, puede sugerir que resulta atractivo e incluso hacer que una persona experimente atracción hacia él. Sin embargo, la elección de perseguirlo y el juicio acerca de su bondad permanecen bajo el dominio de la persona tentada. Esta actividad del diablo recibe el nombre de «sugestión», y no es más que eso. Como sucede con cualquier otra sugestión, la persona conserva siempre la libertad de rechazarla.
Nosotros mismos y las realidades que encontramos en el mundo pueden ser también causas de pecado. Debido a la corrupción de nuestra naturaleza (esto es, al pecado original), heredada de nuestros primeros padres, la razón ejerce un dominio imperfecto sobre nuestra vida afectiva, lo cual hace que las pasiones se inclinen en ocasiones hacia objetos ilícitos. Esta tendencia del apetito sensitivo a hacernos experimentar atracción hacia bienes que no debemos procurar recibe el nombre de concupiscencia, aunque a lo largo de los siglos ha sido designada de diversas maneras, entre ellas fomes peccati (véase CCE n. 1264) o «yesca del pecado». Dado el dominio imperfecto que ejercemos sobre el apetito sensitivo, ocurre en ocasiones que nos sentimos inclinados a procurar desordenadamente algún bien del mundo, como cuando un hombre experimenta el deseo de mantener relaciones sexuales con una mujer que no es su esposa. Al igual que las tentaciones demoníacas, tales movimientos no pasan de ser sugestiones que pueden ser rechazadas.
Es importante señalar que, aunque consentir en una tentación constituye pecado, experimentar una tentación no lo es. La razón se desprende claramente de lo expuesto acerca del acto humano. Ningún acto se considera propiamente humano si no es deliberado y voluntario. La persona que padece una tentación no elige experimentarla. Si la busca voluntariamente, se trata de una cuestión distinta. El problema moral es análogo al caso de una persona que propone a otra la comisión de un pecado: nadie consideraría que el oyente peca por el mero hecho de escuchar la propuesta. Sin embargo, continuando la analogía, deben evitarse el trato con personas que actúen de tal manera. Del mismo modo, aunque nadie sea responsable in se de experimentar una tentación, deben evitarse las realidades que la provocan (las ocasiones próximas de pecado), así como inducir a otros a caer en pecado.
VII. Remedios y reparación del pecado
La expresión «remedios contra el pecado» designa los medios por los cuales una persona puede evitar los pecados, vencer las inclinaciones pecaminosas y recuperarse de sus efectos. Lo primero y más importante es mantenerse vigilante. San Pedro exhorta precisamente a ello (1 Pe 5,8), y esta exhortación se repite cada martes por la noche en las completas del Oficio romano.{15} Asimismo, el Señor amonesta a sus discípulos: «Velen y oren para que no caigan en tentación» (Mt 26,41). La vigilancia es expresión de humildad: supone reconocer nuestra condición finita y herida, así como nuestra necesidad de auxilio. Esta humildad debe inclinarnos a poner nuestra confianza en Dios, quien «da su gracia a los humildes» (Sant 4,6), y a pedir fervorosamente dicha gracia, como Cristo nos enseñó a hacerlo en el Padrenuestro (Mt 6,13; Lc 11,4), lo cual debe incluir la recepción frecuente de los sacramentos. En el caso de quienes luchan por vencer un pecado determinado, se indica recurrir a la dirección espiritual. Puesto que el corazón humano es «lo más retorcido» (Jer 17,9), es fácil negar la gravedad de la propia necesidad de la gracia y la urgencia de vencer los hábitos pecaminosos. Un director espiritual puede ayudar a adquirir una visión sobria y exacta del propio estado.
A pesar del uso de estos remedios, todo ser humano que ha caminado sobre la tierra —con excepción de Jesús y de su Madre— ha pecado. Afirmar lo contrario equivale a engañarse a sí mismo (1 Jn 1,8). Además de los efectos del pecado ya examinados —que introduce un desorden en el alma y la ruptura o destrucción de la relación con Dios o con los demás—, otro efecto del pecado consiste en que contrae culpa y pena, las cuales pueden constituir, a su vez, una especie de remedio contra el pecado. El efecto natural del pecado —el desorden que introduce en el alma y el daño o la destrucción que causa en la relación con Dios— recibe el nombre de malum culpae (mal de culpa o de falta), por el cual la persona se hace merecedora del malum poenae (mal de pena).
Una vez cometido el pecado, la persona queda sujeta a una pena, que constituye la reacción natural frente al pecado. Incluso en los sistemas biológicos, cuando se introduce un desorden, el orden tiende a restablecerse con rapidez. Las sociedades humanas, tanto el Estado como la Iglesia, no son distintas a este respecto. Así, por ejemplo, cuando un hombre roba a otro, introduce cierto desorden en la sociedad. En realidad, el ladrón se sustrae al imperio de la ley y se erige en una suerte de legislador de sí mismo, en lugar de permanecer sujeto a ella. La sociedad responde corrigiendo ese desorden mediante la pena. El ladrón no solo debe restituir lo sustraído (reparación), sino también sufrir una pena que lo someta nuevamente a la ley. Puesto que vivir en sociedad constituye un bien para el hombre, la pena resulta buena para él de tres maneras. En primer lugar, la amenaza de la pena, o el hecho de contemplar que alguien la sufre, disuade a otros de cometer el mismo delito; por esta razón, las leyes establecen penas para quienes las transgreden. En segundo lugar, como se ha expuesto, la pena reprime a quienes se exaltan por encima de la ley y los somete nuevamente a su orden, restituyéndolos así al lugar que les corresponde en la sociedad. Finalmente, la pena restablece el orden en el alma. Cuando un hombre comete un delito, obra movido por un deseo desordenado; pero la pena puede hacer que el delito se le presente como menos deseable. Si produce este efecto, el alma del hombre recobra, por medio de la pena, una disposición más ordenada.
En el orden de la vida sobrenatural, la pena debida por el pecado mortal es la condenación eterna, esto es, la separación de Dios. Así se desprende claramente de la Escritura, como cuando el Señor condena al fuego eterno a quienes no dieron de comer al hambriento ni de beber al sediento (Mt 25,41.46), y cuando se afirma que los condenados padecen tormento por los siglos de los siglos (Ap 14,11). Esta doctrina, naturalmente, es también afirmada por la Tradición de la Iglesia y se expresa con particular claridad en el Concilio de Florencia: «Más las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con sólo el original, descienden en seguida al infierno, para ser castigadas».{16}
Que el pecado mortal merezca la condenación eterna se sigue también racionalmente de buena parte de lo expuesto. En la actualidad se presupone con frecuencia, incluso entre muchos católicos, que el infierno no existe o está vacío; o bien que existe y está habitado, pero únicamente por quienes cometieron los crímenes más atroces de la historia. Esta postura omite considerar la realidad del pecado original, según la cual el hombre nace en un estado de alejamiento del que necesita ser rescatado. No es, por tanto, que el hombre esté destinado por defecto al cielo y solo deje de alcanzarlo si acaso comete un pecado de extrema gravedad. Más bien, nace en un estado de alejamiento de Dios y, por ello, necesita un Salvador. Cuando es salvado por los méritos de Cristo y mediante las aguas del Bautismo y, después de caer, es restaurado por el sacramento de la Reconciliación, queda constituido en estado de gracia y posee la virtud teologal de la caridad, que es, en su esencia, amistad con Dios. Los pecados mortales destruyen esta amistad, y el hombre no puede restablecerla por sí mismo; la iniciativa corresponde a Dios. Por consiguiente, el resultado natural y necesario de la comisión de un pecado mortal es que la persona deja de encontrarse en estado de amistad con Dios. Si tal estado persistiera hasta la muerte sin una intervención divina, se tornaría permanente.{17} Aunque esta conclusión suele suscitar una gran consternación, debe tenerse presente que Dios quiere verdaderamente que todos los hombres se salven (1 Tim 2,4). Por ello, la Iglesia enseña que Dios hace realmente posible la salvación de todos y cada uno de los seres humanos.{18} También conviene advertir que en la doctrina medieval del limbo puede reconocerse una apelación a la misericordia divina. Dicha doctrina describía el destino de los niños que morían antes de recibir el Bautismo. Al no estar bautizados, morían en estado de pecado original; pero, al carecer del uso de razón, no habían cometido culpa personal alguna. Por ello, muchos a lo largo de la historia de la Iglesia sostuvieron que tales almas permanecían en un estado de alejamiento de Dios (lo cual era, técnicamente, el infierno), aunque exento de cualquier otro género de pena y, por tanto, distinto del infierno en el sentido en que hoy suele entenderse este término. Así pues, aunque no debemos presumir temerariamente de la misericordia de Dios ni desatender la realidad del infierno, tampoco debemos caer en la desesperación, teniendo presente que Dios es el más justo y el más misericordioso de los jueces.
En quien ha recibido el Bautismo, el pecado venial no comporta pena eterna, porque no destruye la virtud de la caridad en el alma. Sin embargo, debido al desorden que introduce en ella, quienes mueren con pecados veniales en el corazón deben sufrir alguna pena temporal que remedie dicho desorden antes de poder ver a Dios «cara a cara». Este es el fundamento de la doctrina católica del purgatorio, estado por el cual deben pasar, antes de alcanzar la bienaventuranza eterna del cielo, las almas que mueren en gracia, pero aún afectadas por pecados veniales. Para evitar tal destino, debe señalarse no solo que existen abundantes medios para obtener el perdón de los pecados veniales, sino también que es posible remitir las penas debidas por ellos y evitar así la permanencia en el Purgatorio, mediante la realización de obras de penitencia o la obtención de indulgencias.
[Traducido del inglés por Carlos Maeda]